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Diógenes también - Augusto Monterroso

En cuanto a tiempo, en cuanto a distancia, lo que se dice el hecho material de transportarse de un lugar a otro en el espacio, era ciertamente muy fácil para P. (como lo llamaba el director de la escuela cuando, fuertes nudillos, bigote tembloroso, lo reprendía) llegar hasta su casa. Y sin embargo, ¡tan difícil! Y no; no es que fuera débil o enfermo. Aparte de una imperceptible y poco molesta deformación craneana era un niño como todos los demás.

Era el ambiente de su casa lo que le disgustaba; el aspecto no diré sombrío, pero tampoco agradable de las dos habitaciones; su oscuridad y el fino polvo que lo invadía todo, hasta su nariz, haciéndole consciente la respiración; y algún mal olor definible, constante, que flotaba por todos los rincones; todo esto acompañado a la monótona Asistencia de su madre: “Debes estudiar tus lecciones, debes estudiar, debes”, eran motivos suficientes para convertir en difícil y odiosa la simple tarea del regreso.