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Sólo vine a hablar por teléfono - Gabriel García Márquez



Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
 
-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

-Están dormidas -murmuró.

Algo muy grave va a suceder en este pueblo - Gabriel García Márquez


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-Te apuesto un peso a que no la haces.

El milagro del ascensor - Alejo Carpentier


56…57…58… Chatos, netos, los números se sucedían –59…- en las fronteras horizontales de los pisos. 60…61… Al arribar a cada nueva divisoria, las miradas cansadas de Fray Domenico se deslizaban por los corredores idénticos, guarnecidos de mudas hileras de puertas rojas, y animados tan sólo a esa hora por fantasmas asalariados que bruñían cobres al ripolín y paseaban vejigas zumbadoras por las alfombras. 62… 63… La jeringa roja de un extintor de incendios reaparecía en el mismo testero, y a su lado, frotando la placa de instrucciones, uno de los janitors negros, fabricados en serie, luciendo la inevitable sonrisa para reclamo de dentífrico… 64… 65… El ascensor se detuvo con flexión de gimnasta, plegóse una reja aceitada, y Fray Domenico tuvo justo el tiempo de pronunciar un: “Hasta mañana Johnny”, hacia la jaula que se escurría blandamente en las entrañas del edificio, llamada por cien cigarras eléctricas.