Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por
motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de
carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos
amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como
siempre sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y pronto se
vio a aquel afligido pueblo engullendo los más variados vegetales.Sólo
que el señor Ansaldo no siguió la orden general. Con gran tranquilidad
se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido,
bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda
un hermoso filete. Tras haberlo limpiado lo adobó con sal y vinagre, lo
pasó –como se dice– por la parrilla, para finalmente freírlo en la gran
sartén de las tortillas del domingo.
Los asesinos - Ernest Hemingway
La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
El paraguas de Wittgenstein - Óscar de la Borbolla
1. Como la gente se conoce o no se conoce nunca, pero total a veces se enamora, suponte que la lluvia te reúne con una mujer debajo de un paraguas. Tú le dices: ¿Me permite? y ella, indecisa y sorprendida, sopesando los pros y los contras te contesta que no, que el paraguas es suyo y que te vayas. Suponte que obedeces y te alejas brincando los charcos y que al cabo de una calle, dos calles, tres calles encuentras un techito para guarecerte y que ahí, precisamente ahí, se oculta el asesino que estaba escrito habría de matarte y que te sale al paso con aquello de la bolsa o la vida, y tú respondes que la vida, porque estás empapado y sientes frío y ganas de morirte o de pedir una taza de café muy caliente, pero como en ese zaguán no hay servicio de cafetería, pues te atraviesa con tremendo cuchillo y desde el suelo miras a tu asesino perderse con tu reloj y tu cartera detrás de la cortina de lluvia de la que sale la muchacha que no te quiso asilar bajo su paraguas, y cuando ella pasa: tú mueres.
El infierno tan temido - Juan Carlos Onetti
La primera carta, la primera
fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba
golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y
el tabaco, entregado con familiar felicidad a la marcha de la frase y a la
aparición dócil de las palabras. Estaba escribiendo “Cabe destacar que
los señores comisarios nada vieron de sospechoso y ni siquiera de poco
común en el triunfo consagratorio de Play Roy, que supo sacar partido de
la cancha de invierno, dominar como saeta en la instancia decisiva”,
cuando vio la mano roja y manchada de tinta de Partidarias entre su cara y
la máquina, ofreciéndole el sobre.
—Ésta es para vos. Siempre entreveran la correspondencia. Ni una maldita citación de los clubs, después vienen a llorar, cuando se acercan las elecciones ningún espacio les parece bastante. Y ya es medianoche y decime con qué queres que llene la columna.
—Ésta es para vos. Siempre entreveran la correspondencia. Ni una maldita citación de los clubs, después vienen a llorar, cuando se acercan las elecciones ningún espacio les parece bastante. Y ya es medianoche y decime con qué queres que llene la columna.
ESA MUJER
Por Rodolfo Walsh
El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha,
tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Dino Buzzati - Siete pisos
Después de todo un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una
mañana de marzo, a la ciudad donde estaba una casa de salud. Tenía un
poco de fiebre; sin embargo, quiso recorrer a pie el camino entre la
estación y el hospital, llevando consigo su maletita.
Aunque sólo presentaba síntomas muy leves e incipientes, le habían aconsejado a Giuseppe Corte dirigirse al célebre sanatorio, especializado en esa enfermedad. Esto garantizaba una competencia excepcional de los médicos y la más racional eficacia de las instalaciones.
Cuando lo vio a lo lejos —y lo reconoció, puesto que ya lo había visto en una fotografía de una circular publicitaria—, Giuseppe Corte quedó gratamente impresionado. El blanco edificio de siete pisos estaba surcado de salientes arquitectónicas que le daban una vaga fisonomía de hotel. Alrededor del edificio había una larga fila de árboles altos.
Aunque sólo presentaba síntomas muy leves e incipientes, le habían aconsejado a Giuseppe Corte dirigirse al célebre sanatorio, especializado en esa enfermedad. Esto garantizaba una competencia excepcional de los médicos y la más racional eficacia de las instalaciones.
Cuando lo vio a lo lejos —y lo reconoció, puesto que ya lo había visto en una fotografía de una circular publicitaria—, Giuseppe Corte quedó gratamente impresionado. El blanco edificio de siete pisos estaba surcado de salientes arquitectónicas que le daban una vaga fisonomía de hotel. Alrededor del edificio había una larga fila de árboles altos.
La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges
Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III,I
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.
Los gallinazos sin plumas
Por Julio Ramón Ribeyro
A las seis de la mañana la ciudad se levanta de
puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el
perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que
recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que
pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente
hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados
por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su
melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro,
armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando
hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de
frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a
una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos1 sin plumas.
Borges y el ultraísmo, cuento de Enrique Serna.
Lo dijo con la deferente gentileza de un patriarca interesado en la juventud estudiosa, pero haciéndome sentir el rigor de su augusta, indiscutible autoridad literaria. Y lo dijo en voz alta, para que oyeran el consejo todos los profesores del departamento:
—¿Por qué no cambia de tema? Borges renegaba del ultraísmo y él sabía un poco del asunto, ¿no cree? A nadie le importa esa parte de su obra, fue un capricho de adolescente. Si quiere hacer tonterías, hágalas, para eso es joven, pero apiádese de Borges. A él no le hubiera gustado que usted se doctorara en sus balbuceos.
Diógenes también - Augusto Monterroso
En cuanto a tiempo, en cuanto a distancia, lo que se dice el hecho material de transportarse de un lugar a otro en el espacio, era ciertamente muy fácil para P. (como lo llamaba el director de la escuela cuando, fuertes nudillos, bigote tembloroso, lo reprendía) llegar hasta su casa. Y sin embargo, ¡tan difícil! Y no; no es que fuera débil o enfermo. Aparte de una imperceptible y poco molesta deformación craneana era un niño como todos los demás.
Era el ambiente de su casa lo que le disgustaba; el aspecto no diré sombrío, pero tampoco agradable de las dos habitaciones; su oscuridad y el fino polvo que lo invadía todo, hasta su nariz, haciéndole consciente la respiración; y algún mal olor definible, constante, que flotaba por todos los rincones; todo esto acompañado a la monótona Asistencia de su madre: “Debes estudiar tus lecciones, debes estudiar, debes”, eran motivos suficientes para convertir en difícil y odiosa la simple tarea del regreso.
Era el ambiente de su casa lo que le disgustaba; el aspecto no diré sombrío, pero tampoco agradable de las dos habitaciones; su oscuridad y el fino polvo que lo invadía todo, hasta su nariz, haciéndole consciente la respiración; y algún mal olor definible, constante, que flotaba por todos los rincones; todo esto acompañado a la monótona Asistencia de su madre: “Debes estudiar tus lecciones, debes estudiar, debes”, eran motivos suficientes para convertir en difícil y odiosa la simple tarea del regreso.
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